El economista Simon Johnson lanzó una advertencia fuerte: La inteligencia artificial no necesariamente provocará desempleo masivo, pero sí algo más peligroso: la “erosión de la clase media”

Durante años nos dijeron que la tecnología iba a quitar los trabajos “pesados” o repetitivos. Que las máquinas harían lo difícil y los humanos se encargarían de lo “creativo” o lo mejor pagado. Pero esa historia ya no encaja con lo que está pasando.
Hoy la inteligencia artificial no solo está automatizando tareas simples. Está entrando directamente en oficinas, escritorios y profesiones que antes se consideraban seguras. Y eso cambia por completo la conversación.
El economista y Nobel de Economía Simon Johnson ha puesto el dedo en una herida incómoda: el verdadero riesgo no es una ola masiva de desempleo, sino algo más silencioso y quizá más profundo… la erosión de la clase media.
Es decir: no todo el mundo pierde el trabajo, pero cada vez más personas podrían perder el tipo de trabajo que les permitía vivir con estabilidad.
Porque la IA no discrimina por esfuerzo o preparación. Puede redactar, analizar datos, programar, diseñar y responder consultas en segundos. Tareas que antes justificaban sueldos estables hoy pueden ser parcial o totalmente automatizadas.
Y aquí es donde la discusión se vuelve incómoda: no estamos hablando de trabajos marginales, sino de empleos que sostienen a millones de familias.
El problema no es solo tecnológico. Es económico y social.
Si los empleos bien pagados se reducen, la pregunta no es solo qué pasará con quienes pierdan su puesto, sino qué pasará con la estructura misma de la clase media. Esa que durante décadas fue el motor del consumo, la estabilidad y el crecimiento en muchos países.
Algunos dirán que esto ya ocurrió antes: que la revolución industrial también generó miedo y terminó creando nuevos trabajos. Y es cierto. Pero hay una diferencia clave: la velocidad.
La IA avanza más rápido que la capacidad de adaptación de los sistemas educativos, laborales y políticos. Y ese desfase es donde se abre la brecha.
No se trata de demonizar la tecnología. Sería absurdo. La IA ya está mejorando procesos, reduciendo costos y abriendo posibilidades que antes no existían. El problema es otro: quién se beneficia primero… y quién queda atrás.
Porque si algo está claro, es que la tecnología no llega con reparto equitativo incluido.
Quizá la verdadera pregunta no es si la IA va a reemplazar empleos. Eso ya está ocurriendo.
La pregunta incómoda es:
¿qué tipo de sociedad estamos construyendo si los trabajos “buenos” empiezan a ser cada vez menos humanos?

